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miércoles, 19 de agosto de 2015

'La que se avecina': "Hemos hablado con Luis Merlo para la nueva temporada"


Alberto Caballero habla de la posibilidad de contar de nuevo con el actor, recordado por su papel de 'Mauri' en 'Aquí no hay quien viva'
 
Desde que Alberto Caballero, creador y productor de ‘La que se avecina’, avanzase un “sonado regreso” para la novena temporada, todas las miradas se han centrado en dos nombres: Loles León y Luis Merlo. Ahora, las miradas se centran en este segundo nombre.

“Tenemos confirmado un regreso muy powerful“, adelanta el creador y productor de la comedia de Telecinco a eCartelera. Aunque no detalla más información oficial, habla de la posibilidad de que el actor que interpretara a Mauri en ‘Aquí no hay quien viva’ sea quien vuelva a trabajar con ellos: “Hemos hablado con bastante gente, incluido Luis Merlo”, deja caer.

De ser así, sería la reincorporación de Merlo al universo de ficción de los hermanos Caballero, 9 años después del final de ‘Aquí no hay quien viva’ en Antena 3. El intérprete encarnó a uno de los personajes más queridos por el público durante las cinco temporadas que duró el producto en Antena 3. Eso sí, igual que otros retornos como los de Fernando Tejero o María Adánez, su papel sería muy distinto.

Merlo decidió no participar en ‘La que se avecina’ en su comienzo
No es esta la primera vez que se rumorea la llegada de Merlo a ‘La que se avecina’. Ya en el trasvase de Antena 3 a Telecinco, se preveía su implicación. Sin embargo, tal y como recuerda Caballero, el actor no acababa de ver claro su nuevo personaje. “Había varios personajes muy míticos, como los de José Luis Gil, Malena Alterio o Isabel Ordaz. El problema era recolocarlos”, reconoce. Aunque incluso llegó a participar en las primeras lecturas de guión, finalmente optó por salir del proyecto, una decisión “totalmente respetable”, según el guionista.”En aquellos momentos tan complicados todo te afecta especialmente”, agrega.

El propio intérprete explicó en su momento las razones de su negativa: “Al principio creí que iba a ser una serie a partir de ‘Aquí no hay quien viva’, pero me propusieron hacer un personaje que era una especie de Mauri sin Mauri. No lo veía claro y, además, cada uno lleva su carrera como cree que debe llevarla. Era buen momento para pasar página”, explicó a Supertele en 2007.

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viernes, 14 de agosto de 2015

"En esta obra, como en la vida, todo puede cambiar en un momento"

«En esta obra, como en la vida, todo puede cambiar en un momento»

El dramaturgo Jordi Galcerán (Barcelona, 1964) es el mago de la escena española actual. Parece tener una varita mágica que convierte en éxito asegurado todas sus comedias. Títulos como «El método Grönholm», «Cancún», «Fuga» o «Burundanga» –ahora también en cartel en el madrileño Teatro Lara– obtuvieron una calurosa acogida. Su última pieza, «El crédito», no solo ha seguido el mismo camino, sino que lo ha incrementado. Tras estrenarse en 2013 en el Teatro Arriaga de Bilbao, llegó al Teatro Maravillas de Madrid. Y llegó para quedarse. Hoy comienza su tercera temporada, con la previsión de que permanecerá en cartel hasta marzo del próximo año. Sin duda, en el éxito del montaje se ha unido al texto de Galcerán, la espléndida dirección de Gerardo Vera –exdirector del Centro Dramático Nacional y Premio Nacional de Teatro en 1988–, y la interpretación, en verdadero estado de gracia, de dos actores, Carlos Hipólito y Luis Merlo, tan respetados por la crítica como queridos por el público. Algo que es recíproco, pues apunta Luis Merlo: «Creo que el espectador de teatro es digno de admiración, y más en estos tiempos económicamente difíciles, y donde existen tantos reclamos de ocio. Tiene que sacar una entrada, quedar con los amigos, desplazarse...». 

Insólito órdago
«Nosotros, y pienso que todos los actores de teatro –prosigue– hemos depositado un gran cariño y respeto en el público, que, afortunadamente, nos lo ha devuelto con creces». Y añade Carlos Hipólito: «Hay que darlo todo en el escenario. Con esta obra, aunque llevemos tantas representaciones, cada día es como si fuera la primera».

La obra comienza con una situación muy habitual: un día, Antonio –al que da vida Luis Merlo– va a una sucursal bancaria a pedir un crédito. Pide una cantidad modesta, pero de vital y urgente importancia para él. Sin embargo, pese a todos sus esfuerzos por conseguir su propósito, el director de la sucursal –Carlos Hipólito– no atiende a razones y se lo niega. Antonio no cuenta con avales, Sólo ofrece como garantía su palabra de honor. Pero esa garantía, le dirá el director, no vale porque no puede contabilizarse en euros. A partir de ese momento, lo más probable es que el común de los mortales habría aceptado la negativa. Con tristeza, pero resignado. Antonio, sin embargo, no hace eso ni abandona el Banco. Muy al contrario, le lanza al director un insólito órdago que desencaderá un combate verbal que provoca la continúa carcajada en el patio de butacas.

Para Carlos Hipólito, quien ya trabajo en «El método Grönholh», el secreto está en el texto del autor catalán: «Es un texto brillante, muy divertido. Galcerán parte de situaciones cotidianas, que todos hemos podido vivir, y les va dando vueltas de tuerca para verlas a través del prisma de un humor inteligente. El derrotero que aquí toma la trama es excepcional, pero está dentro de lo verosímil. Sus obras están construidas como mecanismos de relojería, mete el gag en el momento preciso, y el conflicto nunca se estanca, va introduciendo sorpresas continuamente». 

Por su parte, Luis Merlo, que confiesa que descubrió a Garcelán como espectador de «Palabras encadenas» y quedó fascinado, señala: «Garcelán no solo consigue una impecable carpintería teatral, sino que aquí estamos como en la vida, donde una situación puede cambiar de un momento a otro. Por ejemplo, estamos en una cena, con muchas risas, y de pronto alguien pronuncia una frase poco afortunada y, entonces, no es que pase un ángel, como suele decirse, sino que la cena se hiela. Y, luego, quizás puede recomponerse. Mi personaje va a la sucursal con un objetivo muy claro, pero en el camino se va metiendo emocionalmente en el problema del otro, y descubre sus grietas, que no lo tiene todo ni mucho menos controlado».

Personajes contradictorios
Precisamente, en cómo ha concebido el autor a los personajes cifran los dos actores uno de los mayores atractivos de «El crédito»: «Son personajes –subraya Carlos Hipólito– muy cercanos, muy humanos, no son de una pieza. Incluso el mío que mira desde su atalaya –es un tipo que no tiene nada que ver conmigo, pero me divierte mucho interpretarlo– es, en el fondo, un pobre hombre». Y Luis Merlo indica: «Con mi personaje tenía la opción de ser solo un estratega o entrar en el juego, y elegí esta última. Se cree todas las mentiras que se ha contado y depende mucho de las reacciones que suscita en el otro». Hipólito y Merlo coinciden en destacar que uno y otro «están llenos de contracciones, como todos nosotros, y el público puede empatizar fácilmente con ellos». 

Esta pieza de Galcerán demuestra que la risa sí tiene crédito, y mucho. Aunque, a veces, es una risa peculiar. «Una de las cosas que más me gusta como lector o espectador es esa sensación de pequeña culpabilidad después de haberme reído. ¿Por qué me río si lo que estoy viendo es tremendo? Creo que Galcerán saca mucho partido a este juego, y nos hace entrar y salir de la risa». Y, también, la obra no deja de llevarnos a reflexionar sobre cuestiones, como la que recalca Carlos Hipólito: «Hoy se ha perdido el valor de dar la palabra, lo que revela lamentablemente que importan más los números que las personas, sobre todo en determinados ámbitos. Yo mismo pasé por varias entidades bancarias, y me quedé en la que me trataban con más consideración como ser humano».

"No me gustaría tener hijos, me parece la cosa más difícil del mundo"

Luis Merlo vuelve a los escenarios con la tercera temporada de El crédito, función que protagoniza junto a Carlos Hipólito y con la que no han dejado de cosechar éxitos.


Foto 1 de Luis Merlo: "No me gustaría tener hijos, me parece la cosa más difícil del mundo"

Centrado en el teatro, el actor no descarta volver muy pronto a la televisión aunque por el momento no puede avanzar nada. Lejos ha quedado aquel niño que de pequeño quiso seguir los pasos de su familia para convertirse en la tercera generación de actores. Ahora se cumplen treinta años de su debut y el actor no puede sentirse más agradecido de cómo le ha tratado la vida. Pese a que Luis Merlo es bastante receloso sobre su vida privada y no le gusta exponerse ante los medios a no ser que sea necesario, el actor tiene claro que no le gustaría ser padre. Lo ve una tarea muy difícil y de momento prefiere conformarse con sus sobrinos y sus perros.

¿Cómo afrontas esta tercera temporada?
Con mucho agradecimiento y mucha ilusión. En los tiempos que corren es muy difícil conseguir esto y creo que solo se consigue teniendo la suerte de conectar con el público. El púbico de teatro es muy fiel y viene dispuesto a creerse este cuento.

Una temporada dará seguridad
El nivel de examen disminuye pero no la atención de hacerlo como si estrenásemos cada tarde. El espectador que viene acude al estreno para él. El nivel de examen entre Carlos y yo ha desaparecido y con el público se sale algo más confiado al ver que ha triunfado tantas veces.

¿Cuál crees que el secreto del éxito que está teniendo la función?
Es un cúmulo. El público se mata de la risa pero también vive unas emociones en los personajes. Sobre todo con el personaje de Carlos que empieza muy arriba y poco a poco se va desarmando, creo que ese desarmado nos ha pasado a todos en la vida. Nos produce cierta empatía cuando ves a una torre alta caer. Con dos personajes parece que somos más porque hay muchas situaciones que cambian. Hay muchísimo elemento sorpresa

Como actor, ¿Qué es lo que te hace no perder la ilusión?
 Hacerlo con Carlos Hipólito, salir con él. Hasta la última función que haga en la vida la haré haciendo todo lo posible para que el público sienta lo que yo sentí de pequeño cuando dije que quería ser actor. Mover algo en el público. El día a día, venir aquí y prepararnos, el jugar, todo va provocando algo y hace que la función sea la misma en esencia pero a la vez cambie.

De pequeño soñabas con estar sobre el escenario y ahora cumples treinta años en él
Tras treinta años puedo dar las gracias porque pocas personas tienen esta posibilidad. Treinta años no es nada como dice el tango. He tenido la suerte de poder vivir de ello, me siento afortunado.

¿Haces un buen balance?
Sí, no solamente en lo profesional, en lo personal también.

Estás muy centrado en el teatro, ¿No echas de menos la televisión?
Sí, es posible que suceda algo en televisión.

Se habló de un posible fichaje en La que se avecina
No puedo contar nada, pero es posible que tenga un proyecto de televisión del que todavía no puedo hablar.

 ¿Qué cosas te han desmoronado en la vida?
Muchas cosas. Las mismas que a todos, cuando me ha dejado alguien que amaba y me ha tocado aprender a vivir sin esa persona se me ha desmoronado la vida. También cuando he perdido a un ser querido. Lo mismo que a todos, me pasa exactamente igual que a todo hijo de vecino. Parece que vida reluce más porque estoy bajo los focos, pero eso solo es el trabajo. Es bueno hacer que el público pueda creerte de un personaje a otro y por eso soy bastante celoso de mi vida privada. A la gente que me conoce le cuento mi vida y tengo muy pocos puentes de contención a nivel de comunicación.

A veces el público quiere saber más del actor
Sí, pero con el tiempo la gente aprecia que salgamos en los medios cuando tengamos algo que contar y no exponerte porque sí. Solo salgo cuando tengo algo que contar profesionalmente o para dar las gracias como cuando el fallecimiento de mi tía Amparo por lo bien que nos había respetado la prensa. No era algo que me apeteciese hacer pero comprendí que era lo que debía hacer por el inmenso respeto que ella había cultivado toda su vida. Si se casa alguien de la familia es lógico estar ahí y hablar de cosas privadas, yo soy fan de salir cuando tengo cosas profesionales que contar.

Siendo tercera generación de actores, ¿No te gustaría tener hijos que siguiesen tus pasos?
No me gustaría tener hijos, me parece la cosa más difícil del mundo. Soy tío y vivo lo que es una labor que sale bien pero es muy difícil. Soy más egoísta, a un hijo lo educas para que se marche. Lo que tengo para volcarme afectivamente son animales recogidos en casa, no comprendo cómo se puede tratar así a los animales en un país como este. Amo a los perros y vienen para quedarse, no hay que prepararlos para que se marchen. No hace faltar comprar animales, hay muchos que están esperando un hogar.

¿Todo lo que tienes son perros?
Tengo todo perros de acogida y me queda un gato, tuve tres. Recogidos de situaciones muy precarias.

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"La libertad sexual se conquistó en el teatro"

Los actores van a por la tercera temporada de 'El crédito', la exitosa obra de Jordi Galcerán, en el Teatro Maravillas 

Los actores Carlos Hipólito y Luis Merlo reestrenan 'El...

Luis Merlo (Madrid, 1966) habla con voz nasal y pasión indisimulada. Le late a lo loco el árbol genealógico, se ríe a carcajada limpia. Tiene ese temperamento intenso del teatro viejo y los tiempos nuevos.

Ya no es Mauri -Aquí no hay quien viva- y no quiere serlo. Ahora disfruta como un crío con Carlos Hipólito (Madrid, 1956), su compañero de escena de El crédito por tercera temporada. Tres veces fraternidad deliciosa. Se miran y se descojonan. Pero en la obra sus relaciones de fuerza son bien distintas: Merlo es un mindundi, un bohemio descarado que acude al banco a pedirle un crédito a Hipólito, sobrio director de la sucursal. Éste, con la respetabilidad que concede la corbata y el discurso recto, lo manda al carajo. Y el primero no se achanta. «O me presta usted los 3.000 euros o me acuesto con su mujer». Después se sucede el enredo capitaneado por Jordi Galcerán, que hace ya le encontró el punto G al público con obras como El método Grönholm (2003) o Burundanga (2011). Entre bastidores, Luis se declara, meloso: «Afortunadamente, en el banco del afecto de Carlos tengo saldo ilimitado». Ahora, en el tercer asalto, ambos disfrutan más de su interacción con el otro «porque la obra está testada. Ya sabemos que al público le gusta. Entonces empezamos a disfrutar, encontramos un gesto nuevo, otro punto de vista... guiños entre nosotros, siempre respetando el texto».

Hipólito y Merlo llevan las tablas incrustadas en alguna capa de la piel. Y lamentan que este arte haya dejado tantas cosas en el camino. «Los grandes maestros del teatro, triste pero inevitablemente, se han ido. La cultura es tradición y transmisión y, al haber perdido a gente tan sabia, este trabajo se ha debilitado», sostiene Merlo. «Pero hay algo más que he vivido desde pequeño. Hoy día tenemos conquistadas unas libertades que antes existían sólo en el mundo del teatro o de la cultura. La libertad sexual, por ejemplo. El ser homosexual, el no haber pasado por la vicaría, el ser madre soltera... El artista tenía una visión del mundo propia de una profesión liberal y muy ajena a la España en la que yo me crié », evoca.

«Yo he visto a mi madre cargando con el niño de una actriz soltera que tenía que salir a escena. Y todos cuidando al bebé». «Es cierto», replica Hipólito, «ahora hay desconexión entre profesionales. Tengo esa nostalgia, ese recuerdo romántico de que éramos una familia».

Los actores tratan de no perderse en ese orgasmo que es el aplauso y acuden a miradas exigentes. «Mi público más severo es mi mujer», guiña Carlos. «Ella me da la medida de las cosas». «En mi caso, mi hermano», explica Luis. Se refiere a Pedro Larrañaga, el productor de El crédito. «Él no es incisivo, pero sé con sólo mirarle si lo que estoy haciendo le interesa o no. Es necesaria en la vida la gente que no sea capaz de mentirte, porque queremos oír lo que queremos oír y eso nos condena a no crecer».

Hipólito y Merlo no creen que «todos los espectáculos deban ser digeribles por todo el mundo». «Tiene que haber un tipo de teatro más elevado intelectualmente. Alguien lo puede tachar de elitista, pero por esa regla de tres sólo leeríamos novelas policíacas. Desaparecería el ensayo», razona Carlos. «Hemos caído en la cultura del ¡qué divertido! Pero, ¿es que pensar no es divertido, sorprenderte, ir más lejos...?», repone Luis. «Hay diversión sin risa. Lo he escuchado mucho, sobre todo en la gente mayor: 'Qué bien me lo he pasao. Lo que he llorao'». Carlos pone voz de anciana efusiva. Luis se troncha. 

Apoyan las iniciativas populares de la industria -como el Teatro del Barrio- pero, ojo, «me apena que las obras de garaje, en las que la entrada es un trozo de papel de estraza, no se hagan porque se han elegido como forma nueva de comunicar. Se hacen por supervivencia, porque los de arriba obligan a que sea eso o nada», critica Merlo.

El artista es también animal político: ya salió a la calle en su día a patalear contra la guerra de Irak y no se hace el tiquismiquis para volver a meterse en el barro hasta las rodillas. «Hay tantas guerras librándose en el mundo por un trozo de tierra... Mira el conflicto palestino. Lo de honrar la bandera. Joder, la bandera es un trozo de tela lleno de sangre. Yo me manifestaría todos los días porque hayamos perdido el derecho a la vida digna». Hipólito se une. «Hay que manifestarse contra el Partido Popular», invita, sonriendo. «Se creen que dimitir es un nombre ruso».

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lunes, 10 de agosto de 2015

Carlos Hipólito y Luis Merlo encaran la tercera temporada de ‘El crédito’, de Jordi Galceran

  • A partir del 12 de agosto en el Teatro Maravillas (Madrid)
El puro teatro puede consistir en una sencilla conversación. Es lo que más o menos viene a ser El crédito,de Jordi Galceran (Barcelona, 1964). También una buena amenaza que introduzca su dosis de intriga: o me presta usted 3.000 euros o me acuesto con esa señora de la foto, que seguramente es su mujer… Si a eso se le añaden dos actores como Carlos Hipólito (Madrid, 1956) y Luis Merlo (Madrid, 1966), la sencilla pero más que adecuada mesa con dos sillas que les coloca como escenografía el director de la función Gerardo Vera y una trama que desde el principio mete en harina al espectador el resultado son tres temporadas de éxito en Madrid y por casi toda España, sin visos de echar abajo el telón.

Y es que El crédito resplandece en el madrileño Teatro Maravillas como la obra que ha conectado con un incierto estado de ánimo colectivo. Se revela en sus mazazos, en sus golpes de humor, como un texto que ha contagiado los efectos devastadores y desesperados de la crisis y conjugado sabiamente sus catarsis para reírse de ellas. “Supongo que respiras un momento y te lanzas a atraparlo. Todos recordamos cuando hace pocos años la gente necesitaba el dinero que retenían los bancos y no se decidían a soltar, ¿no? De ahí nace cierto ambiente humano como el de este hombre que necesita un crédito y no se lo dan”, afirma el autor.

Galceran ha conseguido plasmarlo a través de dos personajes tan reconocibles como el movedizo suelo que últimamente pisamos. De un lado, en corbata, con su lenguaje de tecnicismos bien alambicados que amablemente invitan a salir por la puerta, está Hipólito, director de la sucursal. Un educado y correcto vendedor de humo, padre de familia tipo que viste camisa bordada con iniciales, corbata apañada en rebajas y chaqueta colgada en el perchero, sin una arruga por fuera, pero llena de requiebros por dentro. Del otro, Merlo, un bala perdida desaliñado, sin avales, oficio ni beneficio. Con aires de kamikaze, maneras bohemias y cuajo para pedir lo que le plazca, incluyendo amenazas, sin nada que perder.


¿Quién no ha acudido a la sucursal de un banco a pedir un crédito y se lo han negado? “Me extrañó tanto que no me lo dieran en tiempos, como que sí lo hicieran cuando ya empezaba a ser famoso por aparecer en la serie Aquí no hay quien viva”, comenta Merlo. “Alguna vez ha pasado. No me quedó más remedio que ir a la sucursal de enfrente. Lo que sí recuerdo es aquella actitud de atenderte sin escuchar, de muy mal rollo”, comenta Hipólito.

Quizás ya entonces, este radiólogo de la vida fijase en su mente maneras para un futuro personaje como el actual. Hipólito es un maestro de los que no se dan importancia. Pero funciona como un inconsciente efecto imán para actores como Merlo y tantos otros que suspiran por compartir títulos con él: “No hay nadie que hable por teléfono en escena de la forma que lo hace este señor”, asegura su compañero.

Cierto, porque hay momentos en que el médium Hipólito lleva dentro de sí, a través del móvil, a otros personajes fantasmas creados por Galceran que adquieren plena transparencia en las reacciones de su voz y los gestos de la cara: su mujer, su hijo, a través de otras dimensiones secretas de la palabra, su cuñado… “Posee la cualidad de la difícil facilidad, que decía mi abuelo”. Lo comenta Merlo, actor de estirpe, nieto de Ismael Merlo, hijo de Carlos Larrañaga y María Luisa Merlo… el niño ya crecido que celebró la primera comunión en el escenario del Bellas Artes y fue dotado de toda una proverbial potencia genética para el oficio.

Un actor que sabe reconocer la sólida carpintería de un texto como el de Galceran, autor de ojo clínico y buenas dotes para el éxito como ya ha demostrado en Burundanga o El método Grönholm. “La clave es hallar una anécdota que te permita llegar de algo pequeño a los grandes temas. En medio no puedes dejar de hablar de lo que te rodea, es inevitable”, apunta el dramaturgo.

Devoto tanto de Mamet como de Arthur Miller, heredero de Buero Vallejo o afín a Alonso de Santos, el teatro de Galceran posee un compromiso de filtro con el público que le hace nadar entre la sonrisa amarga y la introspección piadosa hacia cada personaje. Sus criaturas nos hacen reconocernos en el espejo con parecida intensidad a las sensaciones experimentadas en Glengarry Glen Ross, Muerte de un viajante, La taberna fantástica, de Alfonso Sastre, o Bajarse al moro. “Trato de desnudarlos de parafernalia y convertirlos en animales sin rumbo fijo”, afirma Galceran.

Pero los resultados se revelarían inocuos si no contara con el oficio de superdotados como Hipólito y Merlo. “La función es mucho mejor ahora. En los ensayos sembramos un buen colchón sobre el que ahora saltamos mucho más alto”, comenta el primero. Como el de boca en boca sigue funcionando, la reacción del público resulta curiosa: “A veces se ríen antes de tiempo, pero lo que siempre se impone son los efectos del texto. Galceran es un mago, tiene la habilidad de fijarse en situaciones cotidianas, más bien tensas y dramáticas, para convertirlas en pura comedia”.

O para tomar el alterado pulso de los contextos. La crisis que afectaba a todo dios con el grifo cerrado a cal y canto de los bancos, la angustia de una encarnizada selección de personal, la muerte, defunción y barrena de una banda como ETA… Todo al servicio de ese pacto en grupo que supone el teatro: “Contar un cuento a unos adultos que vienen a creérselo”, define Luis Merlo.

Si existe un actor fetiche para un autor y viceversa, es el caso de Carlos Hipólito en combinación con Jordi Galceran. Llevan tres obras en común. Dos de ellas han resultado plenos éxitos que rozan las 1.000 funciones, como fue el caso de la comedia coral descarnada El método Grönholm y ahora este certero vodevil que es El crédito.

Su química comenzó antes, con Dakota, una obra que pasó más desapercibida. Por separado también han dado en el clavo. Hipólito participó en otro hito teatral que entusiasmó a la crítica y el público: Arte, de Yasmina Reza, bajo la dirección de José María Flotats, presente también en escena junto con otro maestro: José María Pou.

Galceran prosigue su camino también de récord con Burundanga, una comedia inspirada en algo tan poco habitual en el enredo escénico como el terrorismo.

A autor e intérprete les une además una especial sensibilidad de olfato por el fenómeno de taquilla que seguirá: “Quiero escribir un musical para Hipólito; ahora resulta que también canta de lujo”, comenta Galceran. El título y la trama todavía se guardan en secreto, aunque seguramente se volverán escuchar de ambos los sones del éxito.
 
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